La diáspora del sentimiento nacional

Entre quienes permanecemos en el país las demostraciones de menosprecio y desapego a nuestra identidad nacional no son menos dolorosas

Publicado en: Opinión

Por:
Luis F. Jaramillo R.

Abogado con postgrado en la Universidad de Roma, Casacionista.

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Cuando el advenimiento del nuevo año nos sorprende sin que todavía podamos ni siquiera avizorar un horizonte risueño de progreso y bienestar, de merecido disfrute de las conquistas y beneficios sociales y políticos que son bienes de consumo público habitual en  todos los países que figuran en el mapa geográfico de la modernidad y cuando, por el contrario, lo que nos encontramos es con el agravio de un Comunicado del General en Jefe Vladimir Padrino López que es la soga que anuda la barbarie al cuello de la institucionalidad democrática, es inevitable que un hálito de pesimismo invada en el ánimo de muchos venezolanos.

Son demasiado los motivos de pesadumbre, las causas de desaliento y frustración, las terribles angustias y padecimientos vividos, y muy larga la espera porque las cosas cambien, como para que no se hayan abierto márgenes de pesimismo, ámbitos de abatimiento y desesperanza en una población que, aun en medio de la mayor pobrezas, de graves injusticias y profundas inequidades sociales, jamás había sucumbido a las tétricas circunstancias  a las cuales la ha reducido esta fementida revolución bolivariana.

Pero más que el despilfarro y la expoliación de una cuantiosa riqueza que hubiera bastado para colocar al país a nivel de las naciones más favorecidas y desarrolladas del planeta, mucho más que la prostitución de las instituciones públicas y el “empoderamiento” de delincuentes y malandros como recipiendarios de la soberanía popular y aún más que la profunda crisis humanitaria en que vivimos, el peor daño que este régimen ha producido es el de la desintegración del sentimiento de nacionalidad que comienza a aparecer en algunos de nuestros connacionales.

No es ocasional ni, por desgracia, infrecuente que se  escuche decir a venezolanos desesperanzados, abatidos por la situación que los aflige,  tomando la distancia de  un simple observador como si el hecho les fuese ajeno, “este país se jodió”, en una exclamación que condena tanto a la abominable gestión del gobierno como  a la dirección política de la oposición que no ha sido capaz de mantener viva, en ellos, una actitud de compromiso para con su país.

En el drama de los cientos de miles de personas que conforman la diáspora venezolana, como la llama el sociólogo Tomás Páez, en el que, si bien el 85%  atesora con orgullo el amor por la patria lejana y se manifiesta dispuesto  a colaborar con los esfuerzos que habrán de realizarse para lograr la reconstrucción del país, en algunos ya comienza a hacer mella el rechazo y las humillaciones que en muchos casos acompaña a la condición de inmigrante o el desprestigio al gentilicio que acarrea el comportamiento infame de una despreciable exportación de delincuentes y prostitutas que se ha hecho creciente en nuestro país, en los últimos años. Es el caso de la compatriota Claudia Fernández, residente en Madrid, que abochornada con las actitudes y comportamientos de algunos de sus paisanos manifiesta: “a veces siento vergüenza de ser venezolana”, “Estoy en un punto en el que si pudiera quitarme el acento o la nacionalidad lo haría, porque me avergüenzo”.

De la humillación que nos ha significado esta situación de menesterosos a que nos ha reducido a la condición de país de  inmigrantes, da cuenta la iniciativa del estudiante panameño Pedro Rincón, que convocó, en la capital de su país, a una manifestación contra la inmigración de venezolanos, el pasado mes de noviembre, en la que no faltaron agravios contra nuestro gentilicio, como también las dolorosas humillaciones que sufren los viajeros, en los aeropuertos de los países más frecuentemente visitados por nuestros connacionales, cuando muestran sus pasaportes venezolanos.

El ex embajador de Panamá en la OEA, Guillermo Cochéz, en un artículo en el que condenó agriamente la desatención de los gobiernos de la región al drama que ha estado viviendo nuestro país porque, con el argumento de “que los problemas de los venezolanos deben ser resueltos por los mismos venezolanos, nada hicieron para contener la vorágine que se precipitaba sobre la patria de Bolívar”, les recrimina que ahora reaccionan “frente a la migración venezolana que inunda sus lares” y, como si ésta fuese para ellos una horrenda desgracia, les avienta la ruda admonición: ¡Ahora, cálensela!

Entre quienes permanecemos en el país las demostraciones de menosprecio y desapego a nuestra identidad nacional no son menos dolorosas ni lamentables. Por las redes sociales circula el testimonio de un compatriota, Luis Manuel Carrizales, quien por haber podido superar sin dificultades las penurias en que vivimos sus connacionales recriminó la actitud de aquellos que viajaron al extranjero en busca del futuro que en su patria les estaba negado, de lo cual, después de haber sido atracado junto a toda su familia, sufriendo el despojo de todas sus pertenencias, se confiesa arrepentido y, en afrenta al tradicional orgullo del venezolano, manifiesta atrevida  e insolentemente:  “de esta mierda de país me voy antes que sea demasiado tarde”.

Y qué decir de la misantropía de tantos y tantos compatriotas que, sin hacer demostración del menor signo de la propia valentía, reniegan con desprecio de la mansedumbre perruna de un pueblo que soporta impasible los desafueros de un régimen que no le ha traído más que miseria,  humillación y desprecio.

Dentro de esta vorágine que abate el sentimiento nacional se inscribe la polémica  originada por las declaraciones de nuestro afamado director de orquesta Gustavo Dudamel que, interrogado sobre la situación política de su país, manifestó: “Yo simplemente no quiero tomar ninguna posición”, despertando agrias y, seguramente, desconsideradas críticas de un sector de la oposición, las cuales han sido duramente rechazadas por el escritor chileno y conspicuo analista de las situación política de nuestro país, profesor emérito de la Universidad de Oldenburg, Alemania, Fernando Mires, quien reivindica la libertad del artista frente a cualquier condicionamiento político o de otro género, pero es implacable con la destemplanza de quienes, en la crucial desventura que atraviesa su país,  se enfurecen, hasta incurrir en agresiones desmedidas, contra alguien que, sin duda, ha “elevado tan alto el nombre de su nación”  pero ha sido omiso frente circunstancias que han puesto en grave peligro los valores esenciales de ella.

Desde luego que todavía no son tan numerosas las demostraciones de desarraigo del sentimiento nacional en nuestro país, como para temer una inminente desintegración de éste, pero alarma que, contrariamente al tradicional orgullo con que siempre hemos hecho ostentación de nuestro gentilicio, se produzcan tantos y tan frecuentes episodios que reflejan una creciente pérdida de la autoestima del venezolano, lo cual resulta todavía más preocupante si se considera que la consciencia de Venezuela como nación es relativamente reciente porque, si bien logró su identidad formal como país soberano en 1.830, luego de su separación de la Gran Colombia, todavía durante la segunda mitad del siglo XIX, al examinar los registros  de los viajeros que ingresaban a los puertos de Tierra Firme, se observa que al ser requeridos sobre su nacionalidad se registraban como “cumanés”, “guaireño”, “barcelonés”, “marabino”, “barinés”, “caraqueño”, etc y que la unidad nacional no vino a ser consolidada sino hasta comienzos del siglo XX bajo la férrea conducción del dictador Juan Vicente Gómez.

Si a todo ello agregamos que, pretendiendo aclarar las dudas que se han despertado sobre su nacionalidad, han sido indicados oficialmente hasta cuatro sitios distintos  como lugar de nacimiento del actual Presidente de la República, con tan notoria exhibición de la precaria consciencia de venezolanidad de sus propios gobernantes, ¿Cómo no esperar que comience a resentirse entre los venezolanos el sentimiento de identidad nacional? 

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Etiquetas: Diásporas intelectuales, Orgullo nacional, Gentilicio, Arraigo, Desarraigo

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