La frontera de la derecha

Un primer reflejo general ha sido recurrir a denunciar que todo este revuelo no es más que una maniobra de distracción del Presidente

Publicado en: Opinión

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La crisis en nuestra frontera con Colombia ha llevado a su máxima expresión esa facultad que tiene la vocería política de la oposición venezolana para evadir cualquier tema concreto. A meses de unas elecciones parlamentarias cuya particular importancia es de todos conocida, y ante una acción del gobierno del Presidente Maduro que toca a temas tan sensibles como el resguardo de la soberanía nacional, la seguridad y la economía del país, lo menos que se podría esperar sería que algún líder de la oposición venezolana dijera concretamente qué hubiera hecho en su lugar, y cómo haría para enfrentar los problemas gravísimos que se plantean en la región fronteriza.

En lugar de eso, un primer reflejo general ha sido recurrir a denunciar que todo este revuelo no es más que una maniobra de distracción del Presidente para hacer olvidar a los venezolanos sus problemas más acuciantes, una suerte de cortina de humo detrás de la cual quedarían ocultas nuestras preocupaciones reales. El mayor y primer problema con este argumento, es que si hay algo tan o más trillado que que un gobierno recurra a maniobras de distracción, es que su oposición las denuncie, y al hacerlo, se comporte de manera idénticamente manipuladora. Pues si voltear la mirada hacia la frontera fuese una manera para el gobierno de darle la espalda a los problemas económicos de los venezolanos, para la oposición denunciar la maniobra es la forma más primaria de no decir nada sobre el problema, real y complejo, de la frontera. En el manual de “Política para los tontos”, si el capítulo 1 se titulara “¿Cómo lanzar una cortina de humo?”, el capítulo 2 rezaría “¿Cómo torear un problema?”.

El segundo problema es que si el gobierno buscara únicamente eludir los dos dolores de cabeza principales de los venezolanos, que son la economía y la inseguridad, francamente hubiera podido escoger una cortina de humo menos tóxica que la frontera con Colombia. Porque si hay dos problemas gravísimos que se cristalizan en ella, son precisamente los de la inseguridad y la economía. La violencia y la crueldad de la criminalidad que se manifiesta hoy en nuestro país es claramente una importación de Colombia, de su inhumano y longevo conflicto armado. El éxodo masivo que ha tenido lugar desde Colombia hacia Venezuela en los últimos años, no sólo ha sido de personas, pues esos grupos humanos han migrado junto a sus problemas y sus demonios, surgidos al calor de varias décadas de guerra. Venezuela es sin duda alguna una sociedad mucho más libre y permisiva que la Colombiana, infinitamente menos militarizada y policial. Y eso en sí mismo es algo positivo, que debemos intentar preservar. El problema es que tenemos justo al lado a una de las sociedades más violentas del planeta, y si no queremos transformarnos en algo igual que ella, tenemos que encontrar una política de frontera que contenga los problemas colombianos en Colombia. No se trata de no querer ser solidarios, sino de no poderlo ser. Pues Venezuela no puede pretender resolver problemas de Colombia que ni las mismas autoridades colombianas tienen en agenda, como son los efectos (y los orígenes) sociales del conflicto.

Por otro lado, cada vez queda más claro que el “desabastecimiento” de productos en nuestro país es fundamentalmente el resultado del contrabando masivo hacia Colombia por la frontera. Extraño desabastecimiento, por cierto, pues la frontera termina demostrándonos que la ausencia en anaqueles de la mayoría de los productos básicos tiene menos que ver con la merma de los ingresos petroleros del país, que simple y llanamente con el robo y el pillaje. En pocas palabras, Venezuela sí es abastecida de lo que necesita. Pero luego es desangrada por mafias criminales.

Y esto nos lleva al segundo reflejo en la vocería oposicionista, que yo calificaría de teórico de pacotilla. De acuerdo con esta visión, el robo masivo de productos básicos en realidad no tiene culpables de carne y hueso, pues todo sería culpa de un sistema (de gobierno, por supuesto) que nos incita irresistiblemente a convertirnos en delincuentes. El mayor experto en estas suertes de retorcijones analíticos es el “opinólogo” Luis Vicente León. Un “Fast thinker”, como los que denunciaba mi maestro el sociólogo Pierre Bourdieu, en clara alusión a personas que actúan a semejanza de un Mc Donald’s de las Ciencias Sociales, pues son capaces de sacarse una teoría del bolsillo sobre cualquier cosa, en menos de lo que trinan diez tweets, que se trate de la escasez de champú o de la devaluación del Yuan.

En el caso de la frontera, la “teoría” con la cual Luis Vicente León pretende eximir a la vocería opositora de pronunciarse sobre cualquier tema resbaladizo, es que la culpa del contrabando no la tienen los contrabandistas. No. La culpa literalmente la tienen “los desequilibrios económicos”. El argumento es más sutil (apenas) que el de la cortina de humo, aunque persigue el mismo objetivo, que es torear el problema y llevarnos subrepticiamente hacia otro terreno: el de la macroeconomía. Pues la pregunta evidente que se desprende de esa afirmación es: “¿o acaso alguien va a negar que existen distorsiones, como el diferencial cambiario, que generan incentivos económicos para el negocio del contrabando?”. Y la respuesta, también evidente, es que por supuesto nadie va a negar la existencia de tales distorsiones, pero con la coletilla de que ese es un problema totalmente diferente, que de paso en nada exime de responsabilidad penal a los criminales que deciden “aprovechar esos incentivos”. Para seguir refiriéndome a un científico de verdad, lo de echarle la culpa a “los desequilibrios económicos” es exactamente lo que Pierre Bourdieu describía como una de las faltas más básicas y comunes en las ciencias sociales, que llamaba la “cosificación”, y que consiste en tratar a una entidad etérea como si fuera una cosa, es decir como si existiera en la realidad sensible y hasta tuviera voluntad propia. Decir que la culpa es de los desequilibrios económicos y no de los bachaqueros es un disparate igual a afirmar que los fulanos desequilibrios tienen pies y manos, que caminan de un lado al otro de la frontera cargando kilos de harina PAN o manejando camiones con varios tanques de gasolina, sobornando voluntades o amenazando y asesinando gente. ¡Son unos tipos peligrosos esos desequilibrios! A menos que “Los Desequilibrios Económicos” sea el nombre de una banda paramilitar rival de Los Urabeños…

Una demostración menos científica de la clase de disparates que ha twiteado Luis Vicente León acerca de la frontera, es que su argumento es idéntico al de los que culpan a la mujer que ha sido víctima de una agresión sexual por tener una apariencia demasiado atractiva, ya que al ser literalmente irresistible, al hombre no le quedaba más opción que agredirla. Con esta doctrina de la justicia, lo lógico sería abolir el código penal, y entregarle los tribunales a psicólogos y sociólogos, con la esperanza de que tengan mayor solvencia y rigor teórico que León.

El tercer y último reflejo ha sido el de intentar desplazar la controversia fronteriza al escabroso terreno del chauvinismo y la xenofobia, lo cual constituye una demostración de que, para la oposición, contradecirse de forma radical es un hábito enfermizo. Francamente, bastaría para acabar la discusión con recordar que hace menos de dos años calificaban al Presidente Maduro de “colombiano”, y no precisamente para lisonjearlo. De acuerdo a los expertos en genealogía de la MUD, el xenófobo anti-colombiano de hoy, el culpable de que la “Venezuela decente” le escriba disculpas públicas a sus “hermanos” colombianos por el supuesto maltrato del cual son objeto, debe tener encaletada en una caja fuerte una Partida de Nacimiento expedida en el Departamento del Norte de Santander. ¿O es que ya nadie se acuerda del juicio de lesa colombianidad que la derecha pretendió hacerle al Presidente de la República?

Además, calificar al la izquierda latinoamericana de xenófoba y, peor aún, a la izquierda bolivariana de anti-colombiana, es cuando menos una demostración de ignorancia supina. Sin siquiera remontar a Bolívar, podría llenar resmas de papel tan sólo citando al Comandante Hugo Chávez refiriéndose a Colombia como su propia patria. Recordando que Colombia es una creación de Bolívar, y que nació a orillas del río Orinoco, en Angostura. No hay un solo político venezolano que haya cantado a todo pulmón y con sus estrofas completas “¡Oh Gloria Inmarcesible!” como lo cantó Hugo Chávez decenas de veces en el Palacio de Miraflores cuando recibió a los presidentes colombianos, desde luego impresionados por el gesto del Comandante.

El colmo del absurdo ha sido alcanzado cuando se ha querido comparar a Nicolás Maduro con un personaje que resume a la perfección el conservadurismo republicano y la extrema derecha estadounidense, como lo es Donald Trump. La derecha venezolana, aliada natural de Washington, conservadora y neoliberal, queriendo meter en un mismo saco al chavismo y al Tea Party, con el pretexto de que “los extremos se terminan pareciendo”. Más que una postura política, una operación de marketing digna de Jorge Ramos, periodista consentido de Univisión y CNN en Español, y símbolo de esa “lucha por la democracia” con sabor a gelatina light que tanto abunda entre quienes tienen nombre de latinos, pero cerebro de gringos. Quienes echaron mano de este argumento para atacar al gobierno venezolano no se han detenido a pensar ni un segundo en lo contradictorio que resulta con la visión catastrófica que proyectan día a día de la realidad venezolana. Pues si millones de personas migran de Colombia a Venezuela, la visión de la derecha según la cual Colombia es hoy una maravilla y Venezuela un desastre, no tiene ningún asidero. La partida de unos cuantos miles de caraqueños de clase media a Bogotá en vuelo directo nunca compensará el éxodo masivo de colombianos hacia Venezuela, a pie y por la frontera. Si en el extraño marco de análisis de la oposición venezolana Maduro actúa como lo haría Trump, es porque admite que de parte y parte de la frontera entre Colombia y Venezuela, hay realidades sociales tan contrastantes como las que puede haber de parte y parte de la frontera entre México y Estados Unidos. De un lado desolación y desesperanza, del otro sueños y oportunidades. Nunca me hubiera imaginado a la oposición venezolana describiendo a San Antonio del Táchira como el “American Dream” de los habitantes de Cúcuta, pero es exactamente lo que están haciendo.

Al parecer, más allá de estos tres reflejos, no escucharemos nada concreto o razonable de parte de voceros de la oposición. Diría que hemos alcanzado, en materia intelectual y política, la frontera de la derecha.

Temir Porras Ponceleón

@temirporras

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Etiquetas: Frontera con Colombia, Cierre de frontera, Temir Porras, Opinión

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