La Generación de Oro

Los venezolanos tenemos visiones altamente ideologizadas y polarizadas acerca de lo que debe ser el modelo económico y social

Publicado en: Opinión

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Los venezolanos tenemos visiones altamente ideologizadas y polarizadas acerca de lo que debe ser el modelo económico y social que rige nuestro proceso de desarrollo. En nuestro debate público, esta polarización se ha concentrado esencialmente alrededor de la distribución de nuestra riqueza actual, que es como todos sabemos la renta petrolera. Si ubicáramos en un espectro político imaginario las declaraciones de voceros políticos y económicos que mejor representaran esta realidad, observaríamos hacia la izquierda algo así como “los dólares de la República son para el pueblo, no para la burguesía parasitaria”, y hacia la derecha, algo bastante parecido a “nuestros inventarios se están agotando. A menos que el Estado nos asigne los dólares que necesitamos, nuestra producción se paralizará a partir del…” Esto es sin duda alguna una de las manifestaciones del fenómeno general que conocemos como rentismo petrolero, y que consiste no solamente en la inmensa dependencia de la sociedad venezolana del ingreso que genera la renta petrolera, sino sobre todo en una lucha feroz por la apropiación de esta riqueza.

Si bien los venezolanos conocemos y reconocemos nuestro rentismo como quien reconoce padecer de una enfermedad crónica, es menos seguro que tengamos conciencia de lo muy peculiares que eso nos hace con respecto a la inmensa mayoría de las sociedades en el mundo. Imaginando que existiera una regla fundamental de organización económica del planeta, Venezuela formaría parte, junto a un puñado de países, de la excepción a esa regla. Así de extraños nos hace el rentismo.

Por razones que son propias a nuestra historia económica, política y social, uno de los debates centrales que ha estructurado la vida política venezolana durante las últimas dos décadas es el de la oposición entre socialismo y capitalismo, que es sin duda alguna una de las oposiciones más universales que pueda existir en las sociedades contemporáneas. Y sin embargo, este debate se ha planteado en Venezuela sin que, por lo menos en mi opinión, se tenga suficientemente en cuenta lo peculiar de la estructura económica venezolana. Esto tiene consecuencias prácticas y concretas que me parecen muy interesantes a la hora de reflexionar acerca de cómo superar el rentismo, que es típicamente lo que los venezolanos calificamos como “la pregunta de las 50.000 lochas”.

En una sociedad capitalista clásica, el principal conflicto económico que se plantea es el conflicto entre el Capital, por una parte, y el Trabajo por la otra. La crítica clásica del capitalismo se concentra en la idea de que la fuente originaria de la riqueza es el trabajo, y que sin embargo el capital captura lo esencial de esa riqueza gracias a una relación desigual de explotación. Dicho muy simplificadamente, el dueño del negocio explota al trabajador, que es lo que en el fondo le permite quedarse con lo fundamental de la ganancia. Quienes defienden a los empresarios, es decir al capital, argumentan que en realidad lo que genera la riqueza es una mezcla de riesgo y visión que son fundamentalmente atribuibles al capitalista. En suma, sin que el capitalista tome la decisión audaz y arriesgada de poner en juego el capital, no habría creación de riquezas. Pero esto no basta. Hace falta tener visión para entender que existe una oportunidad de negocio, y luego la capacidad y el liderazgo para organizar un emprendimiento exitoso. La ganancia no sería más que una justa recompensa de esta mezcla de audacia y talento.

A nivel macro, en la mayoría de las sociedades el conflicto político se plantea entre privatización y socialización de la riqueza. Partiendo del precepto que el proceso de producción capitalista genera desigualdades, la lucha se centra en la redistribución de las riquezas, es decir en el debate sobre si corresponde o no al Estado recapturar una porción significativa de la riqueza producida y acumulada por individuos y empresas, para socializarla esencialmente bajo la forma de servicios de salud, educación, infraestructuras públicas de todo tipo, seguridad, subsidios, etc. En las sociedades industrializadas de Europa, América del Norte y Oceanía, la porción de la riqueza nacional que el Estado recapturaba y socializaba por diferentes mecanismos, llegó a ser superior al 60% hacia los años 70 del siglo pasado, antes de iniciar una caída considerable que continúa hoy en día. Una de las exposiciones más brillantes acerca de cómo funciona este ciclo de creación, redistribución y acumulación de riquezas en las sociedades capitalistas es el famosísimo libro “El Capital en el siglo XXI” del economista Thomas Piketty, quien demuestra de forma contundente, que en las últimas décadas el conflicto Capital-Trabajo ha sido abrumadoramente favorable al capital, y que fundamentalmente el mundo capitalista está regresando a los niveles de acumulación y desigualdad de riquezas de 1913-1914, justo antes de la Primera Guerra Mundial, los más altos que se conozca desde que se tiene registro sistemático de la actividad económica global. El punto aquí es que el conflicto entre capital y trabajo, y sus consecuencias políticas, son claramente visibles. La fuente primaria de enriquecimiento para un individuo es la explotación del trabajo de otros individuos, y la mejor forma de conservar la riqueza acumulada es organizarse políticamente para evitar que sea recapturada a través de impuestos que financien políticas redistributivas y de socialización de la riqueza.

Si trasladamos este análisis a Venezuela, las dos preguntas fundamentales son: ¿cuál es el origen de la riqueza? Y ¿cómo se socializa esta riqueza? Y las respuestas bastante obvias son: la renta petrolera y la distribución de la renta petrolera. En otras palabras, la fuente primaria de acumulación de capital en Venezuela es la privatización de la renta, que es fundamentalmente el trabajo de… nadie. Por eso se le llama renta. Por supuesto que hay trabajadores petroleros que trabajan muy duro para que la industria funcione, pero su trabajo organiza una actividad de extracción recurrente que tiende a independizarse de su trabajo. Por supuesto que en Venezuela existen relaciones de explotación entre Capital y Trabajo, pero esa no es la fuente fundamental de acumulación de capital. Para decirlo crudamente, la mayoría de los capitales venezolanos no necesitaron ni asumir el riesgo de una inversión, ni organizarse para explotar el trabajo de otros. Simplemente se organizaron para captar y privatizar la renta por las vías más directas y expeditas. Sin mucha complicación. Además, los capitales venezolanos ni siquiera deben preocuparse por una posterior recaptura y socialización de la riqueza, ya que lo fundamental de las políticas distributivas son financiadas directamente por la renta. La contribución de la riqueza privada al bienestar general en Venezuela es francamente marginal. A diferencia de otros países, en Venezuela  más escuelas y más hospitales no son necesariamente sinónimos de más impuestos y más socialización de la riqueza privada… Esto por supuesto que deja abierto el debate ya planteado por las diferentes izquierdas acerca de cuán severa o no ha sido realmente la Revolución Bolivariana con los capitales nacionales y foráneos. Y para mi en particular, deja abierta la discusión acerca de la necesidad de edificar un sistema fiscal redistributivo, francamente inexistente en la actualidad.

Pero lo más interesante es la reflexión acerca de la creación de riquezas, que es el desafío fundamental que tenemos por delante. Y paradójicamente, el carácter rentista de Venezuela puede convertirse, esta vez, en un poderoso aliado. A diferencia del resto de los países, en Venezuela no debería haber ningún freno derivado del conflicto Capital-Trabajo para fomentar la creación de nuevas riquezas. Riquezas auténticamente nuevas, no actividades económicas de captura de renta. En cualquier otra sociedad, una actividad económica naciente se ve inmediatamente penalizada por la suma de contribuciones obligatorias al financiamiento de las políticas redistributivas. Por más que se quiera simplificar, siempre existirán obstáculos fiscales o normativos derivados de la necesidad de participar en el esfuerzo nacional de solidaridad. En Venezuela no. En mi opinión, no existe precepto ideológico alguno que justifique que una empresa, menos si es comunal, no pueda ser creada, con su registro fiscal, su cuenta bancaria e incluso su tarjeta de crédito, en menos de 24 horas y por internet. No existe impedimento para que se conformen fondos de capital semilla que financien las millones de ideas que los millones de estudiantes de nuestras universidades deben tener en la cabeza en este momento, y que seguramente tienen mucho más que ver con la innovación para suplir de manera eficiente demandas sociales reales que con la captación de la renta. Con una banca pública tan poderosa (y con tanta liquidez…), se debería poder constituir fondos de capital-riesgo que inviertan lo que haya que invertir en la aceleración y el crecimiento de esas empresas. Y francamente, yo me la jugaría con apartar del camino cualquier obstáculo normativo que desvíe la atención de esos nuevos emprendedores de lo único que les debe ocupar: innovar y generar riquezas. Un poco a la manera empírica de nuestros amigos chinos, lanzaría el experimento, lo observaría de cerca, y luego de que produzca sus efectos benéficos evaluaría qué conviene hacer para que siga produciendo esos efectos. Sin pretender saberlo todo antes de empezar, ni matar la iniciativa antes de nacer con un debate teórico paralizante.

Movilizando con herramientas concretas la capacidad creativa del pueblo venezolano y el volumen de conocimiento acumulado tras años de inversión masiva en educación, hacia un gran esfuerzo de generación de riquezas, estaríamos encontrando la fórmula para potenciar, literalmente, la Generación de Oro.

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Etiquetas: Temir Porras

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