París sin palabras

Hoy dedicaré esta columna en homenaje a todas las víctimas de la violencia ciega

Publicado en: Opinión

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128 muertos en una noche. Más de 200 heridos, casi 100 de extrema gravedad. En las inmediaciones del estadio nacional Stade de France situado en Saint Denis, el popular suburbio del nordeste parisino. El mismo estadio donde hace meses mi hijo y yo fuimos a aupar a su equipo favorito, el Paris Saint Germain, que esa noche venció a su adversario 4 por 0 en un partido de copa. Nuestro regreso al centro de la ciudad en metro esa noche transcurrió entre vivas y brincos de felicidad, junto con uno que otro abrazo de consolación a los hinchas decepcionados del equipo adversario.

En terrazas de bares y cafés del este parisino, en los barrios 10 y 11. Terrazas como esas en las que me senté con amigos centenares de veces, centenares de viernes por la noche como los de ayer.

En el mismo barrio 10 donde tuve uno de mis primeros trabajos hace dos décadas, como asistente del alcalde socialista de ese enclave popular de la capital, a cargo de proporcionar ayuda legal y administrativa a inmigrantes indocumentados en busca de regularizar su angustiosa e inestable situación. Los mismos barrios 10 y 11 donde decenas de veces fui con decenas de miles de otros a manifestar por cuanta causa justa vio pasar el fin de siglo pasado, entre la Place de la République y la Place de la Bastille y viceversa. Las huellas de las ruedas de la bicicleta y de las botas de mis 20 años, deben haber quedado grabadas en el macadán de los bulevares Voltaire y Richard Lenoir de tanto darle para un lado y para el otro. Los mismos barrios donde fui a volantear centenares de veces, y donde vendí los domingos por la mañana en los andenes del Canal Saint Martin la revista política y satírica que hacíamos, entre otros, con mi amigo y camarada Tignous, quien fue vilmente asesinado por unos desgraciados en los locales parisinos de Charlie Hebdo hace menos de un año. Ese mismo este parisino, diverso y a veces rebelde, donde hace exactamente un año, cené couscous con él y con otro amigo entrañable un viernes por la noche en un restaurantcito marroquí, y lo vi por última vez antes que unos terroristas entraran en su lugar de trabajo y lo acribillaran a mansalva con una AK-47. Comimos marroquí ese día, pero hubiéramos podido escoger vietnamita, como la pobre gente a la que acribillaron anoche sin mediar palabra. El mismo barrio 11 en cuya Alcaldía entró Hugo Chávez una tarde-noche del año 2006, si mal no recuerdo, en medio de una algarabía eléctrica formada por cuanto parisino quería cambiar el mundo.

En la sala de conciertos Le Bataclan, donde se desarrollaba un concierto de un grupo de rock californiano, similar a las decenas de conciertos a los cuales asistí ahí mismo, con centenares de otros muchachos y muchachas anónimos. Le Bataclan, donde anoche murieron cerca de 70 personas, y donde 3 terroristas, tras disparar indiscriminadamente con armas de guerra, detonaron los cinturones de explosivos que llevaban bajo la ropa. Esa misma sala de conciertos donde anoche se encontraba en el público la asistente de una de mis colegas de trabajo, y de quien no pude tener más noticias.

Para quienes en algún momento tuvieron en mente la frase “los franceses se lo buscaron”, no estaría mal recordar que quienes asistieron anoche a Le Bataclan no buscaban nada más que su música preferida. Que pudieron ser franceses o no, de cualquier religión, y que probablemente tenían opiniones muy variadas acerca de la política exterior del gobierno francés, y muy especialmente de su política en Siria. Pero eso no lo podremos saber nunca, ya que cuatro salvajes decidieron matarlos anoche antes de suicidarse.

Y si acaso alguien se preguntara por qué escribo sobre estas muertes y no sobre otras, respondería que ese cuestionamiento lleva en si mismo el germen de su propia refutación. Si todas las vidas son igualmente valiosas, cuestionar que se escriba sobre éstas, tan injusta e inútilmente perdidas como cualquier otra, rebaja moralmente a quien lo hace.

La verdad, hoy había planeado escribir acerca de la mediocridad profesional y política de cierto periodismo, tomando el caso del diario español ABC y de su empleada venezolana Ludmila Vinogradoff, quienes publicaron y difundieron en la mañana de ayer mi foto junto a un nombre que no es el mío, en un contexto donde las personas mencionadas son objeto de acusaciones gravísimas. No quería dejarlo pasar. Como no quiero dejar de comentar que la profesión periodística se honraría con señalar y condenar espontáneamente estos abusos, con el mismo vigor con el cual se victimiza a sí misma cuando se considera acosada por otros poderes. Hubiera aprovechado para contrastar estas prácticas con el trabajo periodístico extraordinario de Ignacio Ramonet, por cierto un parisino, en su más reciente libro titulado “L’Empire de la surveillance” (El Imperio de la vigilancia). Pero tendrá que quedar para otra ocasión. Porque dedicarle en las actuales circunstancias más líneas a ese diario y a esa periodista, de quienes confieso que nunca esperé un comportamiento diferente, sería hacerles un honor que no merecen.

Hoy dedicaré esta columna en homenaje a todas las víctimas de la violencia ciega. A mi querido amigo Tignous, y a sus compañeros caídos en Charlie Hebdo. A mi amigo cuyo nombre no mencionaré por su propia seguridad, quien decidió valientemente tomar el testigo y continuar con el trabajo de nuestro común amigo caído. A los desconocidos de ayer y a los de antes. A los de París y a los de otras latitudes. Y al terminar de escribir, quedar una vez más, por un tiempo más, sin palabras.

Temir Porras Ponceleón

@temirporras

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Etiquetas: Temir Porras, Opinión, Ataques Francia

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