Vergüenza y revolución

Es normal esconder al país los casos más graves de podredumbre y descomposición. Es normal: la culpa la tiene como sabemos, la Oposición

Publicado en: Opinión

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Por mucho que lo retarde o lo disimule, el tránsito revolucionario en la Venezuela actual está destinado a producir, tarde o temprano, un desencuentro pasional, un corto circuito, una inesperada cita a ciegas con el sentimiento de la vergüenza.

Si de verdad lo que se quiere es preservar el poder a todo evento, como es el caso, durante el caótico proceso destructivo actual, todo militante revolucionario tendrá que decidir qué hacer con esa sensación añeja, tan invocada, y alguna vez tan personal, perteneciente al viejo orden burgués. El decoro.  Aquello que certifica la distancia entre lo que se dice y lo que se hace en el hecho público.

Algunos miembros prominentes de la jerarquía chavista actual llegaron a ser personas de prestigio.  Hace mucho tiempo, eran los garantes de la Venezuela decente: los teníamos, independientemente de las diferencias, como los promotores de la sanidad pública, los portavoces de un cierto espíritu jacobino que llegó a ser saludable durante un momento en el cual Hugo Chávez insurgía en el debate nacional cuestionando sin miramientos la podredumbre de la corrupción.

Mucha gente llegó a imaginarse que, si el proyecto chavista se desviaba en sus postulados, o traicionaba su promesa básica, si el estado venezolano llegaba a ser colonizado por personas con intereses inconfesables, ellos no lo iban a permitir. El 4 de Febrero de 1992 fue, sobre todo, un pronunciamiento militar en contra de la corrupción de la partidocracia. Chávez se hizo acompañar de estas personas, así como de otras, porque eran tenidas como parte de la reserva moral de la nación.

Ellos son una muestra de cómo el poder político, si se extiende indebidamente, enajena y corrompe la voluntad y la rectitud.   Aspiraba a uno, respecto al desarrollo de esta tragedia, a la existencia de un cierto sentido común: algún respingo ciudadano que les permitiera ver la realidad venezolana con un lente que vaya algo más allá de sus intereses políticos y personales inmediatos y mediatos. Interpretar, pues, con algo de integridad, con un mínimo de responsabilidad, la crisis más grave que le haya tocado vivir al país durante los últimos 100 años en el orden económico, social y humanitario. 

Pero no. Hace mucho rato que, en las cabezas de estas personas, vergüenza y revolución libraron su último debate en el terreno cognitivo. Es normal, después de todo, conculcar la soberanía popular, evadir una interprelación electoral, querer gobernar para siempre.  Es normal esconderle a Venezuela los casos más graves de podredumbre y descomposición.  Es normal: la culpa la tiene, como todos sabemos, la Oposición.   Si un revolucionario quiere de verdad gobernar, pues ha llegado el momento de que algunas cosas dejen de estorbar dando verguenza.  La pena, dice el refrán aquel, son cuatro letras.  La vergüenza debe ser apartada del camino. Su sed de reclamo será calmada con consideraciones históricas generales; triangulaciones argumentales discutibles o ejemplos de algún episodio de la vida de Bolívar traído por una oreja.

El país prometido frente al país existente. La Venezuela que heredarán nuestros hijos.  Los niveles de colas y la escasez de medicinas.  Las personas que deben emigrar a Colombia, o mueren por falta de fármacos para el cáncer.  Las megabandas de delincuentes; las operaciones de minería ilegal, adelantadas por militares, que destruyen lo más sagrado de la venezolanidad.  Los traumas del pasado y las calamidades actuales. Las oportunidades de desarrollo que han vuelto a rodar por los suelos.  Las escandalosas cotas de desfalco, latrocinio y saqueo del patrimonio público. Cadivi. La historia de la corrupción escrita en color rojo.  Antes de apropiarse por completo de la voluntad en el proceder de estos ciudadanos, el único obstáculo que le queda por derribar al espíritu revolucionario es de la vergüenza. Si puede con eso,  ya podrá con todo lo demás. 

Deconstruída la vergüenza, lo que quieren consolidar los chavistas, a punta de Clap, silencios, censura y omisiones, en consecuencia, es el estatus que certifica el fin de su existencia. Toma posesión, entonces, el otro dominio, su alter ego: el reino de la sinverguenzura. 

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Etiquetas: Revolución Bolivariana, Corrupción

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